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6 cosas que deberías saber sobre ‘La Última Cena’ de Leonardo da Vinci

6 cosas que deberías saber sobre ‘La Última Cena’ de Leonardo da Vinci

Descubre los aspectos menos conocidos y enigmáticos de la obra maestra de Leonardo da Vinci

Todo el mundo conoce la importancia artística y simbólica de ‘La Última Cena’ y muchos creen saber los secretos más profundos y oscuros de esta obra gracias a Dan Brown. Sin embargo, hay algunos aspectos de la obra maestra de Leonardo de los que, seguramente, no todos están al tanto. He aquí seis cosas que (quizás) no sabías sobre ‘La Última Cena’.

1. ‘La Última Cena’ es deliberadamente anacrónica

Leonardo eligió plasmar el banquete más emblemático del mundo en el Milán del siglo XV. La mesa en la que se sientan Jesús y los apóstoles, así como los utensilios y manteles, han sido pintados para que coincidan con los que estaban en el refectorio de Santa Maria delle Grazie en ese momento. La idea era que la mesa del cuadro se integrara con las mesas del comedor del refectorio, como si Cristo y los apóstoles cenaran junto a los monjes dominicos que habitaban en el convento de Santa Maria delle Grazie.

2. Johann Wolfgang Goethe se enamoró de la pintura

Después de viajar por Italia durante dos años, el autor de Las penas del joven Werther visitó el refectorio de Santa Maria delle Grazie en 1788 de camino a su Alemania natal. Johann Wolfgang Goethe no apreciaba la capital lombarda (¡incluso llamó al Duomo “un absurdo”!), pero él literalmente rozó el éxtasis ante ‘La Última Cena’. De hecho, le encantó tanto que estudió la pintura en profundidad y escribió un ensayo para ensalzar la obra maestra de Leonardo. Publicado en febrero de 1817, el trabajo de Goethe tenía como objetivo conseguir que ‘La Última Cena’ fuera accesible para el mayor público posible.


El refectorio de Santa Maria delle Grazie en Milán, donde se halla ‘La Última Cena’ de Leonardo da Vinci. Créditos: Dimitris Graffin via Visualhunt.com / CC BY

3. ‘La Última Cena’ captura el espíritu italiano

‘La Última Cena’ representa un instante de gran tensión: el momento exacto en el que Jesús anuncia que uno de sus apóstoles lo va a traicionar. Esta noticia, obviamente, trastornó el ánimo pacífico y el transcurso de la comida, y la consternación de los apóstoles queda muy bien reflejada en sus gestos agitados. Goethe explicó que solo un italiano podría ilustrar bien esta representación, ya que los italianos están llenos de espíritu y utilizan cada parte de su cuerpo para expresar sentimientos, pasiones y pensamientos. Pedro, que no está sentado junto a Jesús, se estira hacia adelante y sujeta el hombro derecho de Juan con su mano izquierda, como si le instara a explicar quién será el traidor. Santiago se inclina hacia atrás, consternado, con los brazos abiertos mientras Felipe golpea su pecho para demostrar su inocencia. Finalmente, Judas, el traidor del grupo, se aleja del grupo con el rostro enmascarado por las sombras mientras su mano derecha agarra fuertemente una bolsa de plata, el precio de su traición.

4. Una serie de restauraciones fallidas: un fraude, un artista incapaz y el general inepto de Napoleón

Aunque se suele hablar de ella como un fresco, ‘La Última Cena’ técnicamente no lo es, ya que Leonardo inventó una mezcla de temple y óleo sobre yeso para pintar su obra maestra de 4,6 x 8,8 metros. Eso sí, poco después de que Leonardo la acabara, empezó a perder color. Esto, unido a la humedad del refectorio, hizo que la pintura se deteriorara. ‘La Última Cena’ se sometió al primero de muchos retoques tras su finalización, pero es gracias a una restauración integral que se prolongó 20 años y que fue completada en 1999 que podemos admirar ‘La Última Cena’ en la actualidad. Los restauradores que intervinieron en el camino solo empeoraron la situación. Uno de ellos fue el artista Michelangelo Bellotti. En 1726 afirmó tener un producto milagroso que devolvería la pintura a su antiguo esplendor, aunque el resultado estuvo lejos de ser satisfactorio. Cuatro años más tarde, Pietro Mazza, un pintor menos conocido e incluso menos talentoso, realizó una restauración que lo único que consiguió fue empañar la obra maestra de Leonardo. Por si eso no fuera suficiente, cuando las tropas francesas cruzaron las puertas de Milán en 1796, Napoleón fue de inmediato a contemplar ‘La Última Cena’. Ordenó que se cerrara la sala para preservar el cuadro, pero un general que no estaba al tanto de este mandato, rompió la puerta del refectorio y convirtió el espacio en un establo. En abril de 2017, arrancó un proyecto de restauración ambiental para el saneamiento del microclima de la pintura, el cual ha sido posible gracias a un fondo financiado parcialmente por Eataly, el gigante italiano de la industria gastronómica.


Primer plano de la expresión de Judas Tadeo. Créditos: Dimitris Graffin via Visual Hunt / CC BY

5. ‘La Última Cena’ es una representación del Cosmos: astrología y ocultismo

No es ningún secreto que Leonardo da Vinci no fue únicamente un pintor, sino también un científico, inventor y matemático que estudió botánica y filosofía, además de astrología y ocultismo. Gracias al Códice Atlántico, sabemos que estos dos ámbitos ocuparon un lugar destacado en sus estudios. De hecho, la astrología tenía una fuerte presencia en la cultura del Renacimiento e, incluso, las matemáticas estaban impregnadas de esoterismo y magia. Por lo tanto, no es sorprendente que ‘La Última Cena’ también pueda interpretarse como una representación del sistema solar y el zodíaco, con cada apóstol representando las características de cada signo zodiacal. Por ejemplo, el apóstol Tomás se corresponde con el planeta Mercurio y el signo de la Virgen María, mientras que Pedro está en la posición de Júpiter y Sagitario. El líder de los apóstoles y fundador de la Iglesia Católica es descrito en los Evangelios como un hombre de gran nobleza, pero algo inestable e inseguro, como el signo de fuego que representa. Además, parece que está a punto de ponerse de pie con el mismo dinamismo que la flecha del arco de Sagitario. En cambio, Judas representa a Escorpio, en la posición de Marte, un signo infiel que representa la desintegración y la muerte: sus dedos se contraen como las pinzas de un escorpión a punto de atacar. Jesús es el sol que ilumina la escena y el universo con su luz divina.

6. ‘La Última Cena’ en el Arte Pop

El escritor Italo Calvino dijo una vez que un clásico “nunca termina de decir lo que tiene que decir”. Si esto es cierto para las novelas, entonces, también se aplica al arte. Existen innumerables réplicas de ‘La Última Cena’ realizadas a partir de diversas técnicas de diferentes artistas a lo largo de los siglos. Giacomo Raffaelli hizo una réplica en mosaico para Napoleón, mientras que en la Capilla de Santa Kinga es posible admirar ‘La Última Cena’ tallada en la roca de una mina de sal de Wieliczka. Muchos artistas contemporáneos importantes también han rendido homenaje a esta obra maestra: Andy Warhol creó 60 Últimas Cenas durante los últimos años de su vida, mientras que en 1998, George Chakravarthi, conocido por resaltar la belleza de la diversidad cultural y de género en su obras, reconvirtió la obra en un Cristo desnudo rodeado de 12 mujeres vestidas con saris para su proyecto Resurrection. David Lachapelle, un fotógrafo con gusto por los trabajos irreverentes y provocativos, combinaciones profanas y colores deslumbrantes, reinterpretó ‘La Última Cena’ para su serie Jesus is My Homeboy. En la imagen, Cristo luce un tatuaje en el cuello y ha sido representado respetando los colores originales, mientras que los apóstoles, vestidos de manera informal, comen hamburguesas y beben cervezas sobre una mesa cubierta con un mantel de plástico.

George Chakravarthi’s «Resurrection», Foto: https://commons.wikimedia.org/wiki/File:Resurrection_by_George_Chakravarthi.jpg#/media/File:Resurrection_by_George_Chakravarthi.jpg

Fuentes:

J. W. Goethe, Il Cenacolo di Leonardo, Abscondita, Milano 2004 con postfazione di M. Carminati.

P. C. Marani, Il Genio e le Passioni. Leonardo e il Cenacolo, Skira, Milano 2001.

F. Berdini, Magia e astrologia nel Cenacolo di Leonardo, Bulzoni, Roma 1982 con saggio critico di F. Mei.

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